El gazpacho andaluz, por sus ingredientes, es más una técnica que una receta. Depende de la calidad de las hortalizas, del tipo, sabor y madurez de los tomates y de la calidad del resto de ingredientes. Para llegar a algo que se parezca a un gazpacho andaluz no queda otra que ir probando y ajustando ingredientes durante la elaboración.

 

Algunas consideraciones personales:

Un gazpacho andaluz no es un zumo de tomate. Debe tener la cantidad adecuada para que no sobresalga su sabor. Puede parecer obvio, pero no lo es en absoluto, a tenor de los múltiples “zumos de tomate” que han tomado el regreso hacia su lugar de origen (y de donde no deberían haber salido): la caverna donde el sorprendido chef a creado tal monstruo vegetal.

Lo de agregarle agua vale para los menús en restaurantes de polígonos industriales, que tampoco, para desarrollar el milagro de los peces y el vino. Ni agregarle pan para ¿espesar la sopa?

El gazpacho andaluz es simple y sencillamente eso, una sopa fría. No admite guarniciones indis, hyppies o barrocas.

Hay quien le gusta tomarla a cuchara (de madera los más puristas) y hay quien le gusta tomárselo a coleto.

En verano, nada mejor para conseguir la excelencia que pasarlo por el congelador un cuarto de hora antes de servirlo en vasos finos de vidrio congelado.

Este gazpacho de la foto parece como demacrado por su color, incluso triste por su soledad, sin fundamento, pero os puedo asegurar que un vaso de este zumo de hortalizas, que no de tomate, nos hará plantearnos si el resto del almuerzo puede esperar un poco más y volver a sentir la conjunción de aromas y sabores tan refrescantes.

Más que cantidades ahí va una referencia de ingredientes básicos aproximados y, para mí, suficientes.

  • Sobre un kilo de tomates maduros, en su punto
  • Dos o tres buenos pimientos recios, que salpiquen al cortarlos
  • Dos pepinos medianos
  • Un diente de ajo
  • Aceite de oliva virgen extra
  • Un chorro de un buen vinagre de Jerez
  • Una pizca de sal